miércoles, 5 de agosto de 2015

La acampada infernal 2.0

Lo primero que tengo que decir de la acampada infernal 2.0 es que no fue, en absoluto, infernal. Al menos no como la primera. Fue una acampada genial y con un montón de historias estúpidas que surgieron, cómo no, a raíz de tomar más de una cerveza.

Todo comenzó cuando, efectivamente, estaba hasta el culo de este líquido y embriagador elemento. Estaba con el Especialista Jota (es especialista) pensando qué hacer un sábado en el que no tenía que ensayar y, de repente, sin saber cómo ni por qué, surgió la idea de repetir la historia de la acampada infernal.

El Especialista Jota sabe integrarse bien en la naturaleza y hacer barra de bar del árbol caído.

Yo sugerí volver a Grobas, ese sitio donde ya habíamos acampado hacía unos años. Se trata de un pueblo minero en un valle de difícil acceso, el cual lleva deshabitado desde 1961. Cuenta con varias casas sin tejado y comidas por las zarzas, una poza en el río en la que uno puede darse un chapuzón, varias rutas de senderismo y un cielo nocturno precioso.

-¿Sabes lo que sería genial, tío? -Dijo el Especialista Jota-.
-¿Que hubiera zombies?
-Hostia, yo iba a sugerir invitar a peña que no conociéramos... Pero lo de los zombies mola mucho.

Lo de los zombies siempre mola mucho. Claro que lo de invitar a desconocidos es algo que también puede ser interesante. En Sídney hacíamos mucho lo de quedar con completos desconocidos gracias a páginas como meetup o couchsurfing. Como en Galicia la primera apenas funciona, decidí crear un evento en la segunda.

Para quienes no lo conozcan, couchsurfing es una web en la que, básicamente, puedes ofrecer tu sofá o habitación libre a alguien que esté viajando. Claro que también puedes ser tú el que viaja y buscar anfitriones, o directamente a otros viajeros con los que quedar, o gente local que te enseñe la ciudad... O, en este caso, crear eventos públicos e invitar a más gente.

Creé un evento en couchsurfing y poco a poco vi como un montón de gente me escribía para decirme que les encantaba la idea, pero que este fin de semana les venía así como que regular. Que es que estoy fuera, que es que voy a ir a otras fiestas, que es que tengo vez en la peluquería... Y cuando ya estaba a punto de aplazarlo, me contestaron dos personas: un italiano cuyo nombre era parecido a Piccolo pero que, como buen fan de Dragon Ball, voy a dejarlo así; y un ferrolano que, a falta de un mote guay como el resto de personajes en este blog, voy a llamar a partir de ahora el Ferrolano. Era de Ferrol. A ellos se unió el último día una chica a la que llamamos Rubia, a la que conocí gracias a una pegada de carteles muy divertida.

Esta fue la foto de Grobas que utilicé como reclamo en el evento. Mola, ¿que no?

El sábado por la tarde arrancamos hacia Grobas, en Forcarei, un convoy formado por un solo coche -el mío- en el que iban el Especialista Jota, el Ferrolano, Rubia, Piccolo y un servidor, al volante. Fue un viaje interesante en el que hablábamos de nuestras espectativas y nuestros miedos. Salieron a la luz fobias a cosas como muñecos trolls de la buena suerte o las fotos en blanco y negro. Pero lo más importante es la película que nos montamos. Entre todos formularon preguntas y yo iba respondiendo una a una.

-Entonces... ¿Dices que hay una poza profunda donde te puedes bañar sin hacer pie? -Quiso saber el Especialista-.
-Exacto -dije yo-. Mi abuela dice que ahí murió una niña.
-¿Una niña que era hija de los mineros? -Preguntó Rubia-.
-Sí, supongo... Allí todos eran mineros. Claro que también pudo haber sido una turista.
-¿De qué eran las minas? -Inquirió el Ferrolano-.
-Wolframio. Se lo vendían a los nazis durante la II Guerra Mundial.
-Entonces... Podemos estar hablando de zombies mineros nazis acuáticos? -Resumió Piccolo, el italiano-.
-Eh... Supongo que sí, claro.
-¡MOLA! -Dijeron todos al unísono.

Así que, según nos íbamos acercando a nuestro destino, empezamos nuestra caminata pensando cómo combatir a los susodichos zombies mineros nazis acuáticos. Cada uno elaboró su teoría, como no podía ser de otro modo. Habíamos aparcado en el último de los molinos eólicos, el cual, pensó el Especialista, sería muy útil en caso de amuchalipsis zombie en Grobas. Según sus conocimientos como Especialista, si hay dos personas arriba y comienza a arder el molino, solo una tiene posibilidades de bajar y sobrevivir. La otra morirá arriba calcinada, así que su plan en caso de amuchalipsis era quedarse allí arriba e incendiar la turbina cuando un zombie minero nazi acuático se acercara a por él. Reconozco que le vi lagunas a su estrategia, pero el Especialista es él. Mientras, el Ferrolano discurría si el wolframio tendría sobre los zombies el mismo efecto que sobre los vampiros la plata. Al fin y al cabo, si Superman era vulverable a la criptonita, era lógico que los zombies mineros nazis acuáticos procedentes de un pueblo que trabajaban en minas de wolframio fueran susceptibles a este material.

En un acto de valiente cobardía, yo les explicaba a Rubia y a Piccolo cuales eran los caminos de salida de aquel pueblecillo que ya veíamos a pocos metros y que confrontaban apenas media docena de casas en ruinas. Yo no pensaba combatir a los zombies mineros nazis acuáticos, me bastaba con escaparme de ellos. Así que les fui enseñando: por allí está la salida a la casa de mi tía abuela, por el otro lado vas a dar a la de Pepiño de Brocos, que no sé si aun vive pero que siempre me llamaba por mi apellido diciendo "señor" primero; por éste es el más complicado pero es por donde está el coche, aunque también estará Jota en el eólico esperando a los zombies, así que mira, mejor vete por donde te plazca, porque qué le voy a hacer yo, si es muy difícil mantener la calma con zombies pululando por ahí.

No es una gran urbanización, pero tampoco queríamos una gran urbanización.

Una vez ya en el valle nos encontramos con un grupete de gente y pensamos dónde acampar. Vimos que al lado del río teníamos una buena zona, llana y cubierta, así que allí montamos tres tiendas, antes de irnos a bañar a la poza. Aunque era verano estaba fría de narices, y entre eso y el miedo a los zombies mineros nazis acuáticos acabamos pegando un grito cuando un buen hombre de la zona nos saludó.

-Nastardes!

Allí sonreía un tipo de mediana edad, con camiseta del Che Guevara y un hacha en la mano apoyada en su hombro. Como estábamos hablando inglés antes de que él llegara (insisto, Piccolo era italiano, así que le hablábamos en inglés o, como mucho, en español entre nosotros para que nos siguiera con cierta fluidez) y tardamos en contestar, su sonrisa cambió a una expresión de duda.

-¿No sois de aquí?
-Sí sí, somos tal -dije yo-... Bueno, él no, que es italiano. ¿Es usted de la zona?

Salí de la poza para estrecharle la mano, verdaderamente muerto de miedo al ver el tamaño de su machada. El hombre hablaba un perfecto gallego de Lalín, ese gallego que aprendió el que suscribe. Por consiguiente, y porque si me hablan en un idioma que conozco no soy capaz de responder en otro, hice lo mismo. En este punto, el italiano se desconcertó completamente: de repente ya no era capaz de seguir con cierta fluidez nuestros temas de conversación.

-Soy de aquí, sí... Estoy ahí arriba, en el caseto. ¿Vosotros sois los de las tiendas, no? ¿De dónde sois?
-Somos, sí, son nuestras... Nada, yo soy de por aquí pero vivo en Coruña. Rubia es de Costa da Morte, el Ferrolano es de Ferrol, Piccolo es italiano y el Especialista Jota es, en efecto, especialista.

Nos pusimos a charlar muy amablemente mientras nos contaba cosas como que había unas rocas con agua estancada donde él siempre ponía a enfriar las cervezas. Un tío con un hacha en la mano me hablaba de cómo enfriar cervezas en plena naturaleza. Saqué una cosa en claro: mi barba no es lo suficientemente larga y frondosa. O eso, o ese tipo sin barba no sabe que, en el monte, la autoridad la tenemos los barbudos. Gracias a nuestra barba mantenemos alejados a los osos, además de incrementar nuestro conocimiento sobre hachas en un 10%. Y había una cosa que yo, como el tío más barbudo y por tanto experto en hachas de la expedición (más que el Especialista Jota), tenía clara: ese misterioso desconocido, que nos estaba ya invitando a subir al caseto, tenía un hacha al alcance de mi vista.

Por ese camino apareció el hombre del hacha, mientras Piccolo sujetaba un palo y Rubia dormía una siesta.

Constantemente, el hombre del hacha mentaba a que estaban alojados en "el caseto", y yo no sabía de qué hablaba. Todas las casas estaban en ruinas, sin tejado. Todas y cada una de ellas podían ser llamadas "casetos". ¿Cuál era el caseto al que se referían? Ni siquiera un vasco hubiera tenido pelotas de meter una caravana en ese valle. ¿Habrían sido ellos más brutos que unos vascos?

Aproveché esa excusa para enseñarles el antiguo poblado. Que si esta casa era enorme, aquella otra aun tiene azulejos, fíjate que todas tenían horno, que no había panaderías... Y entonces reparamos en un caseto, efectivamente, en un altillo. Era el más pequeño del pueblo, pero tenía un palo fuera con una bandera amarilla y una cuerda de tener la ropa donde colgaban un par de sacos de dormir. Nos acercamos a ver, y cual fue nuestra sorpresa al ver que ese caseto tenía un techo hecho con unas chapas y una puerta de madera con pasador. Aquello pintaba bien.

-Mira, Especialista -dije yo, señalando a un montón de leña donde había un hacha clavada en lo que un día fue un tronco de un árbol-, este es el hacha que tenía el hombre antes.
-Da miedo, tío. Más que las fotos en blanco y negro.

Rubia se asustó. Temía las fotos en blanco y negro más que nada en el mundo.

-Además -continuó el Especialista-, ¿Sabes lo malo de las hachas? Que, si te van a matar con una, no la escuchas venir. Las motosierras, sin embargo, hacen un ruido que...

Y entonces escuchamos como alguien arrancaba una motosierra en una de las casas que habíamos dejado atrás.

-¡Pepe! ¡Ay Pepe! ¡Pepe!

El hombre del hacha salió ahora de una de las casas de abajo con la motosierra arrancada, y del caseto donde estábamos vino un tipo de las mismas características que aquel con que lo llamaba.

-¿Qué fue, Murán? -Dijo el tal Pepe, antes de saludarnos tímida y amablemente con un leve movimiento de cabeza y un simple "hola"-.
-¡Casi no queda gasolina!
-¡Bueno carallo, pues cortamos a mano!

Entonces yo recordé esa peli mala de Manquiña de título impronunciable -La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos- y me dio muy mal rollo. El Especialista Jota me miraba como diciendo "el primer molino es mío, me lo pedí yo". Yo pensaba que a lo mejor no era capaz de llegar al segundo molino en caso de tener que escaparme de dos tíos con hachas y motosierras en medio del monte. Si fueran zombies igual sí, pero si son psicóptatas no sé yo... Psicópata gana a zombie en una carrera de resistencia, y yo necesito tiempo para preparar un incendio en lo alto del eólico.

-¡Hola! -Dije al fin y no sin miedo, cuando recobré el habla y vi que su discusión sobre cortar a mano o con motosierras, plagada de blasfemias, había terminado-. ¿También estás en el caseto?

Qué pregunta esa. También estás en el caseto.

-Qué tal, ¿tú eres el de Forcarei, no? Me habló Murán de ti... Pasad anda, pasad...
-¿Es vuestro el caseto?

Yo no sabía que decir, pero afortunadamente él tenía respuesta para casi todo. Me contó que el caseto no era suyo ni sabía de quién era, simplemente decidieron hace años restaurarlo. Le pusieron varios techos a lo largo de los años, desde el primero de plástico al actual, que ya lleva dos inviernos sin que ningún temporal lo arranque, de chapas viejas que impiden que entre agua. Me lo enseñó entero, por dentro y por fuera: tenía una mesa, uno banco, una tarima en la que cogían, cómodamente, seis personas durmiendo, una pila con agua y platos, alacena, cocina de parrilla que hacía las veces de chimenea, cartas, dos balones de fútbol (fundamentales en cualquier acampada)... Y hasta una bomba de agua desde el río hasta el caseto para no tener que bajar allí. En otras palabras, un chalet. Enxebre, que es una palabra gallega muy bonita y que yo al menos no sé cómo traducirla, pero un chalet.

-No es nuestro, no... Pero lo hemos modificado poco a poco y con la ayuda de mucha gente para usarlo cuando venimos. A veces llegamos y hay gente, y tenemos que acampar. Pero si no hay nadie, dormimos aquí. Se está genial. Tenemos ahí algo de leña para cocinar o para no pasar frío en invierno.

Y entonces dijo, literalmente (y esto sí que no lo traduzco porque no):

-Aquí no vrao estase de puta madre, pero no inverno estase caralludamente.

No tengo palabras para darles las gracias a Pepe y Murán por haber hecho algo tan sumamente guay.

Pepe y Murán nos contaron cosas muy interesantes: que si un amigo suyo se había ido a Mongolia en todoterreno, que si en Irán la gente es muy hospitalaria y amable, que si guardan una motosierra en el horno de la casa de al lado del río, que si a la motosierra pequeña le llaman "el maquinillo" y a la motosierra grande le llaman "maquinillo grande" o "machada de profundidad"... Un montón de cosas que, verdaderamente, hicieron sentir a mi barba muy humilde. A mi barba, que ahuyentaba osos, me guiaba hacia la salida de los bosques e incrementaba mi conocimiento en hachas en un 10%. le faltaban muchas horas de práctica para estar al nivel de mis nuevos dos amigos. Los cuales, como ya he dicho, no tenían barba. Es todo muy paradójico.

Estuvimos hablando con esta gente tan amable durante más de una hora, y de repente nuestras  preocupaciones de que nos atacaran unos zombies mineros nazis acuáticos desaparecieron. Sin embargo, empecé a acordarme de esas pelis en las que un grupo de montañeros perdidos en el monte encuentra un refugio con dos amables huéspedes y me sentí totalmente identificado. Sonreía, claro. Aquello no podría ir mejor. Pensé que era buena idea dejar mis ensoñaciones ahí, parar de hacer símiles con películas, pero entonces me acordé de que solo le pueden pasar dos cosas al tipo del refugio: que muere tras indicarnos qué hemos de hacer y darnos aliento para lograr nuestros objetivos, o que es el asesino.

Miré a los amables hombres del refugio. Es imposible que fueran unos asesinos, tenían cara de ser esa de esa gente que siempre saluda en el ascensor. Decidí entonces que, en pro del bien común, no encariñarme demasiado con ellos por si, al final, los zombies mineros nazis acuáticos eran reales. Los que mejor conocen el escenario son siempre de los primeros en morir.

Nos invitaron a cenar, algo que rechazamos porque ya teníamos bocatas. Ellos se hicieron un churrasco con una pinta de la leche. Sí que es cierto que, al acabar de cenar, subimos a tomar café con ellos. Los invitamos a una buena taza de vino que había traído el Ferrolano -grata sorpresa para todos-. Ellos sacaron algo de embutido, queso del país y un chorizo que madre de dios, era fantástico. ¿Y el café de después? ¡Qué café! Qué aroma, qué olor, qué sabor, qué... Caliente, joder. Quemaba de narices. Pero estaba tan bueno que no hacía falta ni echarle azúcar. Oh dios mío, qué café. Cuando enfrió, lo pude degustar sorbo a sorbo y disfrutarlo como si de una cerveza de importación se tratase.

Al acabarlo, nos pasamos de nuevo a las latas de cerveza hasta bien entrada la noche, cuando el Ferrolano y Rubia se fueron a dormir cada uno a sendas tiendas. Murán y Pepe le estaban enseñando expresiones en gallego a nuestro amigo italiano, que Piccolo las repetía con un divertido acento: "marccio que tenio que marcciare!" o "quiedaccie con famme? fiacocce un bistec?". Cuando Murán y Pepe se retiraron a dormir, nosotros tres -el Especialista Jota, Piccolo y yo- nos fuimos a dar un paseo nocturno en el que Piccolo pensó que, como había luna llena, sería buena idea no encender las linternas.

-¡Si no podemos no usar linternas en luna llena, ya no sé qué no podremos hacer! -Dijo él para justificarse-.

Esquivando bostas a oscuras y cruzando el río sobre piedras que no veíamos, rezábamos por no encontrarnos con una vaca salvaje, lobo o jabalí. Y ya puestos, ningún agujeron en el suelo que nos hiciera tropezar y darnos el viaje padre. Pasamos por un bonito puente, el cual acordamos que sería nuestro punto de reunión por si los zombies mineros nazis acuáticos atacaban. Gracias a dios no hizo falta, porque claro, yo a oscuras no sabía cómo llegar. Le pedí permiso al Especialista para encender la linterna y verlo y me dijo que no, que nuestros ojos ya estaban acostumbrados a la oscuridad, que si los zombies atacaban solo tenía que seguir el curso del río para llegar al puente. De nuevo le vi lagunas a su plan, yo creo que los zombies mineros nazis acuáticos utilizarían el río como un medio de transporte... Pero no dije nada. Mejor era no encariñarse con el Especialista, estaba claro que también iba a morir.

Nuestra caminata nos llevó a un descampado donde acabamos tirados viendo las pocas estrellas que la Luna llena nos permitía. Un espectáculo precioso porque, pese a no ser demasiadas debido a la luz reflejada por la Luna, seguían siendo más que las que uno puede ver en Lacoruneno en plena ciudad.

Esta foto no es mía porque no sé hacer fotos a las estrellas, pero algo así es lo que se veía.

Nos quedamos en silencio un rato. Solo se oían algunos grillos y algo de viento moviendo los eólicos. Era el paraíso.

-Oye chicos -interrumpió el italiano con un tono místico en su voz-... ¿Cuál es vuestro mayor problema ahora mismo?

Menuda pregunta...

-Tengo una lista en el coche -dije yo-. Si vas a por ella te los cuento todos. Si no, hasta mañana no existen.

Piccolo y el Especialista Jota se rieron, pero sabían que tenía razón. No había problemas, no porque no existieran sino porque hasta allí no llegaban. Seamos sinceros: vivimos en un mundo en el que, si no hay cobertura, no hay problemas.

-Pues yo sí sé cual es el mío más grande -dijo Piccolo-.

Nos quedamos sorprendidos y curiosos.

-¿Alguna chica? -Dijo el Especialista Jota.
-No... O bueno, no sé -respondió en un tono aun más misterioso-.
-¿Qué quieres decir?
-La tienda que hay al lado de las nuestras... ¿De quién es?

El Especialista Jota y yo nos quedamos asombrados.

-¿Qué tienda?
-Ya sabes, la azul que está después de las nuestras verdes.
-¡Ah! Es del Ferrolano.
-¿De quién?
-Del Ferrolano -insistí-. El otro chico que venía con nosotros.

Piccolo quedó en silencio un rato y actuó como si le tomara el pelo.

-¿Qué "otro chico"? Estábamos solo nosotros tres y Rubia.

El Especialista Jota y yo nos miramos desconcertados.

-No, de eso nada -dijo el Especialista-. Había un tipo de Ferrol, así algo alto y...
-Oh Dios mío, no puede ser -dijo Piccolo-.
-¿Qué no puede ser? -Pregunté yo-.

Al parecer, en Italia había un tipo que hacía constantes escapadas al monte, acompañando a los excursionistas y acampando con ellos. El tema es que solo algunos excursionistas lo veían, pues en realidad esa persona no existía. Todos aquellos campistas que lograban verlo terminaban muertos en extrañas circunstancias. El futuro que le deparaba a los que oían hablar de él no era mucho mejor.

-Pero claro -añadió Piccolo, bajo un precioso cielo estrellado que, junto con esta historia, nos estaba poniendo los pelos de punta-, naturalmente, estoy bromeando. Solo quería meteros miedo.

El tío era bueno. Nos había llevado hasta allí a oscuras, a un sitio donde la única luz era la de la luna y donde todo lo que se escuchaba era el río y los molinos de viento. Si acaso, algún animal salvaje como búhos o lechuzas. Y nos suelta que el Ferrolano es, en realidad, un ente etéreo. Bien jugado chico, bien jugado.

Volvimos a la tienda y nos enfundamos en nuestros respectivos sacos, sin darnos cuenta de que estábamos ya bajo los efectos de la enorme taza de café que habíamos tomado. Probé en todas las posturas, de todas las formas y en varios sitios. Entonces escuché un ruido que, como todos los ruidos, no se puede escribir con palabras (ni con dibujos, claro, porque entonces ya no sería escribir sino dibujar). Claro que, si se pudiera, sería algo tal que así: "gñieeeeeeeeeeeeejh!".

Evidentemente eso no podía ser una persona. Y claro, me asusté.

Miré al Especialista Jota. Él también estaba pasado de café y preguntándose qué coño había sido eso.

-Tío -dije yo-, ese ruido no es humano.
-Tranquilo tío -dijo él-. Estamos alejados de la civilización, lo extraño sería que fuera un ruido humano. Habrá sido algún bicho o algo.

Me tranquilizó. Por una vez no le veía lagunas a su propuesta.

-Tienes razón, tío -dije-. Habrá sido un jabalí, un pterodáctilo o un diablo de tasmania.

Volvimos a mirarnos con miedo. Casi preferíamos la opción de que fuera un ruido humano.

Piccolo, el italiano, había estado buscando extraños monstruos en la poza donde nos bañábamos. Sin resultado.

Entonces empezamos a escuchar golpes secos y pausados a lo lejos: TOC... TOC.... TOC... En la tienda que teníamos enfrente, donde estaban Carla y Piccolo, parecía no haber más actividad que la de un par de personas durmiendo. No alcanzábamos a ver la del Ferrolano, pero no había movimiento alguno dentro así que dedujimos que estaba igualmente como un tronco.

Como el Especialista Jota y yo tenemos lo que se denomina una amistad entre idiotas le propuse salir a comprobar qué era ese ruido que no cesaba ni seguía un ritmo concreto. Como no podía ser de otro modo ante una propuesta estúpida, él respondió con un "¡joder, sí!".

Decidimos no encender las linteras, ya que nuestra pasada caminata con Piccolo nos había enseñado que la luz de la luna era suficiente para ver el camino, aunque las llevamos por si acaso eran zombies mineros nazis acuáticos y al final eran vulnerables a la luz o algo así.

Caminamos en silencio hacia el lugar de procedencia del ruido ese. Íbamos cagados de miedo. Era como si todo lo que había a nuestro alrededor pudiera matarnos. Las bostas minaban el camino, lo cual hacía muy difícil focalizarse al cien por cien en la supervivencia de la especie. Me refiero, claro está, a la especie de los idiotas, que éramos nosotros.

Cada vez nos acercábamos más al refugio y yo pensaba que los zombies mineros nazis acuáticos habían llegado y habían cogido desprevenidos a nuestros dos nuevos amigos. Sentí verdadero miedo, porque eso no encajaba con mis planes de que sobrevivieran hasta justo después de decirme cómo salir de forma estúpida y peligrosa y animarme a hacerlo porque soy un buen chico y siempre confiaron en mi barba. Se lo iba a decir al Especialista, pero me mandó callar y me empujó a detrás de un arbusto desde el que veíamos una sombra moverse bastante cerca. Evidentemente era de donde venía el ruido.

-Saca la linterna -me dijo-.
-Pero si ya se han acostumbrado mis ojos a...
-Hazme caso, soy especialista.

No se puede discutir con el Especialista cuando tiene tan buenos argumentos. Se la dí. Se colocó un frontal en la cabeza, pero no lo encendió. Le puso pilas nuevas a la mía para asegurarse de que funcionaba al cien por cien. Entonces me miró como cuando miras a un amigo antes de que lo destripen los zombies mineros nazis acuáticos.

-Vamos allá -se limitó a decir, mientras me devolvía la linterna-.

Entendí perfectamente lo que quería decir: "levántate, enciende la linterna y, si ves que son zombies, recuerda que yo me pedí el primer molino". Así lo hice: me levanté, alumbré al cuerpo que hacía ese incesable y arrítmico "toc toc toc" y me quedé de piedra.

-¡¡Ehhh!!

Es todo lo que dijo aquel ente misterioso. No tardamos en apagar las luces. Era Pepe cortando leña.

-¿Pepe?
-¿Especialista?
-¿Qué haces cortando leña a las tres de la mañana?

Pepe sostenía el hacha en sus manos, con cierto miedo. El mismo miedo que teníamos nosotros.

-No podía dormir,el café ese es fuerte...
-Ya, nosotros tampoco...
-¿No os habré asustado, verdad?

El Especialista Jota y yo nos hicimos los tipos duros, aunque por si las moscas encendimos ya las linternas y no las volvimos a apagar hasta que nos metimos a dormir.

-¡Qué va! -dije yo-. Es solo que pensé que había alguien por aquí que no... Bueno, que... Ya sabes, no... ¿Asustarnos? Es más bien que no podíamos dormir... ¿Quieres que te ayudemos? Así hacemos algo de ejercicio y seguramente podamos irnos antes a dormir.

Pepe todavía tenía el susto en el cuerpo, pero aceptó.

-Claro, pero solo tengo un hacha. ¿Os parece bien usar los maquinillos?

Evidentemente, y en vistas de un cada vez menos improbable amuchalipsis de zombies mineros nazis acuáticos, aceptamos. Nos indicó dónde las guardaba. Yo me pedí la grande, o mejor dicho, "la de profundidad". Las arrancamos y nos pusimos a cortar leña.

-Aquí viene mucha gente -nos contó él-. Lo malo es cuando usan leña y se van sin dejar aquí más para los siguientes. Es una putada venir en invierno y no encontrar leña. A mi no me importa cortar, porque sé que luego la voy a utilizar. O yo u otras personas, claro, eso es lo de menos. Pero todo el mundo debería de hacerlo si no queda, ¿no? Igual que un tipo vino y arregló el ventanuco porque estaba roto... Esto es de todos, y todos tenemos la obligación de tratarlo bien y, si queremos, usarlo.

A veces, hay gente que necesita normas... Y hace que sea necesario escribir lo evidente.

Me gustaba mucho cómo este buen hombre veía la vida. Sus palabras, acompañadas por el ruido de la motosierra a punto de quedarse sin gasolina, concordaban también con mi modo de ver y entender el mundo, con el futuro que yo quería, con cosas con las que sólo había soñado. Y entonces la motosierra se quedó sin gasolina.

-No pasa nada -dijo él-, ya no le quedaba mucha. A ver, intenta tirarle ahí de la cuerda...

Lo intentamos, y nada. Dos intentos. Tampoco. Tres intentos. Nada. La estás ahogando. Cuatro intentos.

-¿Qué coño hacéis?

Pegamos un grito de espanto. Los tres. Era el Ferrolano.

-Coño Ferrolano -dije yo-. ¿Tú no estabas durmiendo?
-No... Osea, sí... Pero me fui a dar una vuelta por ahí, por el monte, y volví ahora.

La historia de Piccolo, aunque sabida ya inventada, volvió a nuestras mentes.

-Ah... Pues nada, aquí nosotros estábamos cortando leña -le expliqué-.

Fue un momento raro de silencio. ¿Qué hacía un tío de Ferrol  vagando sólo por el monte? ¿Qué hacían tres tíos con motosierras y hachas cortando leña a las 3 de la mañana?

Decidimos que ya estaba bien, que era hora de dormir. Y es que, en realidad, ya teníamos que llevar cuatro horas en cama.

Al día siguiente nos dimos un baño en la poza, donde explicamos a los demás lo ocurrido. Nuestros amigos Pepe y Murán prepararon algo de churrasco que habían dejados sin hacer, y aunque nos invitaron lo rechazamos para tirar ya hacia Coruña.

El caseto, por dentro, tras la comilona con nuestros nuevos amigos.

Cuando llegamos al coche, tras una caminata de 30 minutos por una empinada cuesta y bajo un sol abrasador, me di cuenta de que la estrategia del Especialista de subir a lo alto de ese molino y prenderle fuego porque en caso de incendio solo le da tiempo a una persona a bajar antes de que se consuma completamente, no estaba tan mal. En realidad allí había más molinos que mineros pudo haber algún día en Grobas. Vale, a lo mejor es cierto que la teoría era una mierda, o incluso que los zombies mineros nazis acuáticos no existan... Pero sí que existen dos tipos geniales que han hecho algo genial: han rehabilitado una vivienda abandonada para que la use quien quiera. Reconozco que, si esto ocurre en la ciudad, las autoridades se encargarán de imposibilitar esta okupación, Y también que a lo mejor no quería subir a lo alto del molino por los zombies nazis mineros acuáticos, sino para echar un último vistazo al pueblo este, donde vi que aquello en lo que creo se puede realizar de forma mucho más fácil de lo que parece.

Prometimos volver pronto, con más gente, y con bromas e historias de miedo para acojonar al personal. Pepe y Murán se apuntarían fijo. Ojalá nos volvamos a cruzar por allí.

domingo, 17 de mayo de 2015

Una historia de buen gusto

Todo ocurrió en una época muy reciente de mi vida. Había hecho público mi primer libro, Ninguna buena historia comienza con una ensalada, y me había marchado a vivir a Australia. Allí escribí un relato breve llamado Cartas desde Mombuey que, más tarde, al escribir Cartas desde Mombuey II - La venganza se convirtió en mi primer relato corto autoeditado. Como le había cogido el gusto a esto de escribir y me deportaron de Tailandia en mis últimas vacaciones en febrero de este año, me puse las pilas con lo que sería mi segunda novela, La liada, dejando un poco de lado otros proyectos como este blog o la máquina de hacer terremotos que estoy diseñando con El Especialista Jota y en base a los planes de Tesla para cuando vuelva a pasar por Mombuey. Resulta, quién me lo iba a decir, que escribir requiere un esfuerzo cada vez más grande para mi persona. Yeso que, supuestamente, cada vez tengo más experiencia.

¿Qué es lo que me ha hecho entonces hacer una pausa en la narración de mis aventuras por el mundo adelante y volver a la red, donde tan bien me tratáis? Pues un descubrimiento científico que me ha dado mucho que pensar. Y es que, según esta noticia, el ser humano tiene papilas gustativas en esa zona comprendida entre los huevos y el ano.

No sé. No sé por qué hago esto. No sé por qué voy a escribir sobre este tema. Mi vida es una mierda.

Dicen los científicos que lo han descubierto que estas papilas van desde el escroto al ano, concretamente, pero sobre todo están concentradas en lo que viene siendo el huevamen. Esta información, si bien puede parecer del todo innecesaria para vivir, resulta de vital importancia para saber sacarle a la vida un poco más de sustancia. Valga la metáfora, pues, que dice que para disfrutar la vida al cien por cien y sacarle todo el sabor posible, uno tiene que pasársela por los cojones. Personalmente, a mi me han surgido bastantes preguntas al leer este importante hallazgo, el cual voy a utilizar, antes de nada, para explicar las tres teorías principales de la evolución de las especies. ¿Por qué nuestras gónadas poseen receptores del gusto?

Según el creacionismo, tendríamos estas papilas gustativas en los huevos porque algún ser creador -llamémosle Dios, Chuck Norris o Quentin Tarantino- decidió, en algún momento de la eternidad en el que estaba creando al ser humano y sus cosas, que sería interesante que tuvieran papilas gustativas en los cojones. Así, porque sí. Decisión suya y punto. ¿Por qué? Pues porque es omnipotente, y no hay más que decir. Porque puede. Puede hacer al ser humano a partir del barro, como a los botijos, y le pone papilas gustativas en los huevos. Mr Potato es un mierdas en comparación con lo que fuimos nosotros para ese creador omnipotente. Que sí, que lo hizo para que quede clara su omnipotencia, aunque no queda tanto lo de su omnisciencia. Y es que en un principio, cuando no había ni luz ni oscuridad, tampoco había más que una ligera idea en un borrador de lo que iba a ser, ya en el futuro, el sexo oral. O eso, o aquel ser que le estaba practicando en ese momento sexo oral al creador/a lo hacía bastante de pena. El caso es que al final, claro, se decidió cambiar el lugar de las papilas gustativas y se pusieron, además de en los huevos, en la lengua... Pero dejando las primeras ahí, en las gónadas, porque no estaba muy claro que fuera a funcionar del todo bien el asunto. Pero vaya, que el creacionismo vendría a decir que estas papilas gustativas están ahí porque Dios así lo quiso, hágase su voluntad.

Si nos fijamos en teorías evolutivas como la de Lamarck, que decía que las girafas tienen cuello porque, de tanto estirarlo antes de reproducirse, sus descendientes heredan esta característica; nos damos cuenta de dos cosas: que los hijos de Irene Villa nacerán sin piernas y que esas papilas gustativas llegaron ahí, a los genitales, por algo. Quizá, y sólo quizá, por frotar esa zona contra lenguas ajenas. Esto concuerda con la teoría evolutiva de Jack Ryan y Cacilda Jetha -que ya conté en su día- que dice que antes del descubrimiento de la agricultura y la ganadería, el ser humano se pasaba el día entero frungiendo cuales conejos como si fueran lectores de mi blog. Porque claro, para dejarse las papilas gustativas en un trozo de carne, mucho hay que frotar.

Sin embargo, teniendo en cuenta que estas dos teorías evolutivas no son sino una puta mierda que no crea sino problemas, solo hay una que nos quede: la teoría darwiniana de la evolución de las especies. Según Darwin, el animal mejor adaptado al medio es el que sobrevive y el que, por tanto, consigue reproducirse o reproducirse más veces que otros con diferentes características genéticas; perpetuando así sus genes en la especie y dando pie a generaciones donde los genes diferentes están en minoría. Ahora bien: ¿en qué momento de la historia ha sido clave en la adaptación al medio poseer papilas gustativas entre los testículos y el ojete?

En la imagen vemos a un ser de una especie muy chunga intentando adaptarse al medio, en este caso, el audiovisual. Claramente se le nota que carece de papilas gustativas en sus cuadradas y oscuras gónadas.

Dicen los científicos que han descubierto (accidentalmente, eso sí que lo aclaran) estas papilas gustativas que sirven para detectar el sabor dulce y el umami, y que estos sabores son síntoma de fertilidad. Al detectarlos, la producción de espermatozoides aumenta por una mera cuestión de productividad: no vas a mandar al cien por cien de tus tropas allá donde sabes que no tienes opción de ganar batalla alguna. Ajustar tu campaña de márketing a tu target, que decimos en mi profesión. Para que nos entendamos: si un hombre está con una mujer dándole que te pego y los cojones detectan que el asunto de ella es así como dulzón, estos producen más soldaditos para que, nueve meses más tarde, salga un pequeño capitán general, dicen los científicos. Es para tocarse los cojones a dos manos. Pero lavándolas antes, no vaya a ser que quede un mal sabor de boca. O algo así.

Teniendo en cuenta todo esto, solo hay una cosa por aclarar: ¿qué aplicaciones puede tener en la vida moderna este descubrimiento?

En primer lugar, yo creo que en los centros de donación de esperma deberían de poner helados. Helados o cualquier otra cosa dulce, pero no vamos a echarnos bourbon por los huevos. Además, ya tienen congeladores gigantes allí. Sí, los helados son la mejor opción. Helados de sabores para los cojones. ¿Que vas a donar y te sale que tienes pocos bichitos o que tienen poca movilidad? No pasa nada: helado de fresa y vainilla de cuatro bolas para que entre todas sumen seis es mano de santo. A cascártela donar. Además, seguro que está fresquito. Por un poco de ética, lo suyo es usar helados caducados, así que lo mejor es que no te lo comas luego porque, además, es un poco una guarrada. Pero bueno, estamos construyendo castillos en el aire, habrá que ir viendo cómo evoluciona la cosa.

Además de esto, seguro que saldría alguna profesión hipster tipo catadores de cojones. O catadores cojonudos. O catadores testiculares. No sé, algún nombre así tendrían. Yo de catar no tengo ni idea, si acaso alguna que otra cerveza -pero cuando me hace falta describir alguno de estos brebajes, me meto en el blog de El Jardín del Lúpulo y me informo mejor, que hay que guiarse por quien sabe de verdad-. Una vez me dijeron que el vino, para catarlo, había que verlo a trasluz, olerlo, escuchar el sonido que hacía dentro de la copa y, finalmente, llevárselo a los labios (obviando ya todo el asunto este del corcho y la información de la marca, claro). Si para catar el vino hace falta verlo, oírlo y probarlo; sugiero inventar un tipo de comida que incluya, además, el tener que pasársela por el forro de los huevos para categorizar su sabor. Y que salgan en la Guía Michelín los restaurantes donde hacen esa comida. Para las catas de platos en dichos restaurantes se valoraría la presentación, los ingredientes, la elaboración, el sabor y el tacto de los cojones. Sugiero, además, y antes de que se me olvide, que sea para platos que no se sirvan muy calientes (descatalogada directamente la opción de usar los huevos para catar el café). Y que en la ya mentada Guía Michelín haya un logotipo pequeñito para referirse a este nuevo aspecto, algo así como dos pelotillas peludas para referirse a esta nueva forma de juzgar estas elaboraciones culinarias.

Pero sin lugar a dudas, lo más útil que podríamos hacer con estas recién descubiertas papilas gustativas es aplicarlo a la medicina. Mucho más allá, claro, de las donaciones de esperma. Cuando una persona nace sin papilas gustativas en la lengua, su esperanza de vida se reduce en un 35% debido a que, al no poder saborear la cerveza, suelen descuidar mucho su estado de salud y no encuentran motivo para seguir viviendo en este mundo. De hecho, 9 de cada diez personas sin papilas gustativas se suicidan antes de cumplir los 30 años (el otro es el que inventó la Cruzcampo). Yo creo que, con la medicina actual, no es impensable hacer trasplantes de papilas gustativas. Como si es por el método tradicional ya explicado cuando hablé de la teoría evolutiva de Lamarck, ojo. Me refiero a frotar una zona con papilas con otra que no las tiene. Yo mismo le ofrecería al que inventó la Cruzcampo a que me lamiera las pelotas hasta que le pasara unas cuantas papilas gustativas, a ver si así se da cuenta de lo que está haciendo y, con un poco de terapia cuando lo descubra, acabamos con ese mal que campa a sus anchas por el planeta conocido como "cerveza de mierda". Sin lugar a dudas, unas buenas birras pueden solucionar muchos de los problemas del mundo... Pero si hay gente incapaz de saborearlas, tendremos que donar las papilas de nuestros cojones para intentar arreglar el planeta. Digo yo, no sé.

Solidaridad con esa gente que nació sin papilas gustativas, por favor.

Todo esto puede sonar muy absurdo, pero os recuerdo que el Getafe F.C. ha hecho una campaña de donación de esperma para que los hijos de esos donantes salgan del Getafe y se hagan socios, para lo cual grabaron una peli porno y todo. Y por si fuera poco, señalar que se ha puesto de moda el hacer bombones personalizados con la forma del ano del cliente gracias a una empresa que se dedica a hacer moldes anales para este fin. No se me ocurre un mejor regalo de San Valentín que unos bombones con la forma del ano propio para la persona amada. Si acaso, una cena previa en un restaurante de esos de catar la comida con los huevos y que termine en casa viendo la peli porno del Getafe. La regla de las tres Cs, que antiguamente eran Cine, Cena y Copa hoy son Cena (de Catar con los Cojones), Chocolate (con la forma de tu Culo) y Coito (del Conjunto de los Compañeros del Club de Fútbol Getafe).

Yo ya no sé a dónde Cojones va el mundo, pero espero que os aproveche.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Propósitos de año nuevo

Como todos los años por estas fechas, muchos sienten la necesidad de hacer balance de su año. No son pocos los valores a tener en cuenta para saber si este año ha sido en general bueno o malo. Pero claro, ¿qué es el bien y qué es el mal? A priori son dos conceptos muy relativos, pero para saber si el año ha sido bueno o malo no hay respuestas universales ni soluciones para todo el mundo. Cada uno aplica su fórmula, claro está. Y, en mi caso, para saber si mi año ha sido o no satisfactorio, tengo en cuenta varios factores: el número de borracheras cogidas, las resacas superadas, historias vividas, cervezas descubiertas, bares visitados, ciudades conquistadas, tonterías realizadas, logros conseguidos, kilómetros recorridos, y objetivos anuales cumplidos.

Para calcular si el año ha sido bueno hay que tener en cuenta todos estos datos en relación al número total de casos posibles. Suena difícil de entender pero es muy fácil. Por ejemplo, si he visitado 15 bares nuevos pero tuve la posibilidad real de visitar 17 y al final decidí no ir por el motivo que fuere, estoy hablando de que esta tasa es 15 sobre 17, un porcentaje realmente alto. Una vez calculados todos estos porcentajes, lo que hago es la media aritmética de todos ellos. Esto lo he denominado como Tasa de brutalidad anual. En mi caso, el año pasado presenta una tasa de brutalidad del 98%. No está nada mal. Los ha habido más brutales, sí, pero aun así este dato no está nada mal. Esta forma de calcular cuan bueno ha sido un año la he bautizado con el nombre de Teoría de la relativibar ya que es relativo a los bares y eso... Pero ya os hablaré de ella otro día.

Es normal que te sientas así ahora. No pienses en ello, solamente sigue leyendo, que ya cambio en seguida de tema.

Dejando las matemáticas a un lado, y pese a que los triunfos suman una tasa casi tan alta como el porcentaje de pureza de la meta azul de Heisenberg, es el momento de analizar qué ha sido lo que ha fallado y cómo puedo mejorarlo el próximo año. Si bien he vivido como me ha salido de las narices haciendo siempre lo que me daba la gana (amén de no negar nunca una cerveza), hay una cosa que no hice: apenas he cumplido uno solo de mis objetivos anuales que tenía planificados para el 2014.

Lejos de buscar los motivos (todo es achacable al haberme mudado a otro hemisferio a 20.000km de mi casa, que lo que tiene es que no deja tiempo para hacer a uno sus cosas), lo mejor que puedo hacer ahora es hacer públicos mis objetivos a realizar en el próximo año. No destacan por su complejidad, pero eso no quita que hay que hacerlos.

1.- Renovar el armario
Cuando llegué a Australia viví con una chavala que se iba a currar todos los días media hora antes que yo. Sin embargo, un buen día empezó a salir algo más tarde: siempre esperaba a que yo me levantara. Pensé que sentía una atracción hacia mi persona (no os riáis, que si para vosotros soy feo aquí paso como exótico), y por consiguiente acabé mudándome, para evitar malos entendidos. Hay quien lo hablaría con la otra persona, ya lo sé, pero a mi esas soluciones tan radicales no me van.

La cuestión es que hace unas semanas me la encontré por la calle y estuvimos hablando. Como ya no era compañera de piso mi sentido de la ética me permitía lanzarle los tarros sin ningún tipo de resentimiento luego, aunque lo primero que hice fue escucharla. Me dijo que la casa sin mi ya no era lo mismo, y que echaba de menos reírse todas las mañanas viendo mis camisetas. Me dijo que se había acostumbrado a quedarse un rato más, hasta que yo me levantara, para ver cual era la que llevaba ese día. Luego por la noche me preguntaba qué significaba, tras estar todo el día en el trabajo intentando adivinarlo por el dibujito de que solía llevar impreso en la camiseta de turno como norma general. No es que yo le gustara, no, es que le gustaban mis camisetas. Desistí en mi intento de tirarle los tarros y me centé en otro tipo de pensamientos: me había mudado para nada.

Mientras reflexionaba sobre lo absurdo de mi mudanza una parte de mi cerebro se centraba en seguir la conversación sobre camisetas, así que le expliqué qué era eso de Rei Zentolo o de Camis de la Prole, mis dos principales proveedores de vestimenta. Lo de Camis de la Prole aun lo entendió más o menos, pero lo de Rei Zentolo... Le costó un poco más, para qué negarlo. Si ya explicárselo a uno de Albacete es complicado, imaginaos a una australiana: «... y claro, es gracioso porque son pimientos de padrón y "one are spice and another are not", y pone en inglés que "one are spice and another are not", ¿lo coges?». La conclusión que saqué es que sesenta camisetas de Rei Zentolo no son suficientes para ser original 365 días al año. Mi objetivo para el 2015 es, pues, subir a España de vacaciones con una maleta gigante y vacía con la única finalidad de ser llenada de camisetas de Rei Zentolo y de Camis de la Prole.

Camis de la prole tiene una gran variedad de camisetas en su cuenta de twitter. El de la foto es uno que me encontré por la calle precisamente con esa camiseta, para que veáis que están muy de moda.

2.- Aprender algún idioma inútil
Hace unos años invertí tres semanas en aprender a hablar esperanto, y lo cierto es que lo quité de mi currículum porque me daba así como que algo de vergüenza (y eso que yo, en lo que a buscar trabajo se refiere, no me corto ni un pelo). Si bien es cierto que todos los idiomas tienen su utilidad y que me gustaría aprender alemán, portugués, italiano e incluso francés (pese al artículo 93 del código de colegas), no lo es menos que el Esperanto suena un tanto friki. Sin embargo, hay otros idiomas que te pueden hacer quedar de puta madre. Tú llegas a una entrevistad e trabajo y dices que has aprendido a hablar sabe dios qué dialecto en un año que estuviste trabajando en Sri Lanka y lo flipan. De repente se volverán locos por ampliar sus negocios con Sri Lanka.

Si a alguien le interesa tanto como a mí este asunto, que sepáis que he estado documentándome y he descubierto que hay idiomas con tan solo un hablante en el mundo. Saber que en mis manos está el poder de doblar el número de hablantes de esta lengua o, incluso, tripicarla o cuatriplicarla (si se lo enseño a alguien) es algo que me motiva. Idiomas como el Taushiro, Kaixana o Tanema (de Perú, Brasil e Islas Salomón respectivamente) tienen un único hablante. Que luego lo piensas y dices "joder, que el idioma se inventó para entenderse, si estos tres idiomas solo tienen un hablante cada uno... Yo lo que creo es que estas tres personas lo que están haciendo es trollear a toda la humanidad con su coñita". Y luego hay otros idiomas que bueno, a ver, no es que tengan un hablante... Por ejemplo, el Lemerig (de la República de Vanuatu, que tampoco suena muy verídico pero si lo buscáis en google veréis que no miento), tiene dos. Dos hablantes vivos en todo el mundo. En un planeta con 6.400km de radio (que me lo dijo Tury) y 7.000.000.000 personas (así a ojo) solamente hay dos que hablen ese idioma. Espero que al menos se conozcan o que se sigan en tuiter mutuamente. Aunque bueno, no sé si eso es del todo buena idea... ¿Cómo es una discusión sobre acentuación o colocación de los pronombres cuando solo hay dos hablantes de tu lengua en el mundo? ¿Y quién coño elabora los diccionarios?

"Mira que te voy dicir una cosa, mintiendes? Vas achantar de ahí o te voy achantar yo, oistes?"  Qué coño, debería incluír el Koruño en mi currículum.

Otros idiomas en esta línea son el Chemehuevi (EE,UU.) con tres hablantes, el Njerep (Nigeria) con cuatro, o el Liki (Indonesia) con cinco hablantes en total. Mi objetivo para el año 2015 es, por tanto, aprender algún idioma de similares características a estos (o incluso más de uno, por qué no) y ponerlo en mi currículum. Otros retos, como los de decir en una entrevista de mi trabajo que aprendí Njerep en mi estancia en Nigeria y trabajé tres meses como traductor Njerep - Gallego / Gallego - Njerep pueden ser tamién estudiados para realizar en un futuro no muy lejano, si bien esto constituye un riesgo de quedar en ridículo en caso de que la empresa haga negocios con alguno de los que hablan esos idiomas.

3.- Presentarme a los premios IgNobel
Como algunos ya saben, ganar un premio Ignobel es el sueño de mi vida. Por ello escribí Ninguna buena historia comienza con una ensalada, pero cuando lo presenté tuvieron el valor de decir que eso era un libro serio y entretenido. Sin embargo pienso volver con textos con un carácter más científico y adecuados para esta competición, con un libro inédito que he titulado "Estudio sobre el decrecimiento de la población de corzos en Mombuey en relación con el aumento de accidentes de helicóptero los años en los que Nicolas Cage saca una película" u otro texto del que ya hablé en su día en el que aseguro que el sistema capitalista está derivado de la invención de la cerveza.

El primer paso para lograr esta meta, y por tanto mi objetivo para el 2015, será presentar este estudio de forma seria y formal para que pueda ser tenido en cuenta. Además, si gano, prometo celebrar la victoria en Mombuey. Excepto si es por lo de la cerveza, claro está. En ese caso lo celebraría en... Bah, qué cojones.

4.- Mejorar mi imagen
O, en otras palabras: cuidar más mi barba. En cuanto llegué a Australia y contemplé la cantidad de gente que tenía barba supe que en Europa están muy menospreciadas. Llevo ya un tiempo con barba, pero esta etapa australiana en mi vida ha supuesto nuevos retos. Para empezar, a diferencia de lo que me ocurría anteriormente, no conozco esta ciudad. Cuando me preguntaban por una dirección en Coruña decía cosas como "coges la carretera de Madrid y al llegar a Perillo tiras hacia Santa Cristina como si fueras para Mera". Ahora, debido a mi barba, mi vida se ha simplificado: vivo en los suburbios del este y son estos, los cuatro puntos cardinales, los que sirven de referencia para explicarme a dónde voy o dónde estoy. No quedo al final de Hyde Park, quedo al norte de Hyde Park, donde limita al oeste con Cirqular Quey y al oeste con el jardín botánico. Y todo por culpa de la barba.

Para demostrar mis teorías un buen día le pregunté a una desconocida en un bar que, si estuviéramos (todos los allí presentes) perdidos en un bosque, a ver en quién confiaría para encontrar la salida. Por algo que no supo explicar me señaló a mi, siendo otro barbudo -menos barbudo, claro- la segunda opción. Más allá del estudio científico me di cuenta de que a lo mejor lo que estaba ocurriendo ahí es que estaba ligando, con lo que me dispuse a soltar algún improperio propio para la ocasión. Sin embargo, otro tío aún más barbudo entró y le metió la lengua hasta la tráquea. Yo miré al otro barbudo, atónito, con cara de desprecio ante el nuevo barbudo, como diciéndole que "no hace falta ser tan barbudo para saber que ahí no va a encontrar madera". Lo siguiente que deduje es que debía de ser su pareja.

Si nos paramos a pensarlo un momento, los guionistas y directores saben que alguien con barba atrae más a la gente que alguien que se afeita, y si no mirad cuantos seguidores tiene la Biblia. Pero fuera ya de la ficción, hay seres barbudos que son respetados por un montón de gente: Chuck Norris, Darwin, Herman Mensville, Kropotkin... Peña lista y repudiada. Entre ser uno de ellos o conformarme con ser un como cualquier pringao que mete gatos en una caja con veneno y los deja vivos y muertos al mismo tiempo, pues lo tengo claro. Mi meta para el 2015 es dejarme una larga y frondosa barba que sea capaz de albergar, al menos, 50 lápices de IKEA (que es la unidad en la que se mide cómo de frondosa es una barba).

5.- Hacer un "Hoy salimos a hostias" pero en inglés
El Hoy salimos a hostias es el mejor recopilatorio de Punk Rock en español desde que el mundo es mundo. Bueno, a decir verdad es el mejor recopilatorio de Punk Rock en español desde que El Punki me lo enseñó y yo le hice las modificaciones pertinentes, pasando de ser un mero "ponte eufórico mix" a un discazo de los pies a la cabeza. Por desgracia no tiene su versión en inglés.

Este CD -con 150 canciones- contiene artistas tales como Arpaviejas, Rosendo, EUKZ, Boikot, los Porretas, Parabellum, los Suaves, Kaótiko... Y está diseñado de tal manera que es imposible escuchar más de 2 temas seguidos sin querer ir al bar a acabar con las existencias de licor café. Como esta empresa es difícil en un país donde el LK brilla por su ausencia, me he propuesto para el próximo año hacerme una poderosa track list de temazos en inglés para poder salir a acabar con las existencias de cualquier cosa que supla este elixir maravilloso como, por ejemplo, cerveza. En el fondo en eso ya tengo experiencia.

Mi propósito es pues terminar esta recopilación de 150 canciones antes de que llegue el próximo fin de año y, a ser posible, hacer como Barney en el capítulo donde celebran fin de año.

6.- Averiguar por qué a los australianos les gusta tanto el Vegemite.
Puede parecer una gilipollez, pero menuda labor de investigación me espera. El Vegemite, para quien no lo conozca, es una especie de mermelada de cerveza. Suena genial, ¿verdad? Pues su sabor es terrorífico. Es una masa pastosa de color oscuro y salada, muy salada. Pero salada no en plan "uy, pues sí, se han pasado con la sal, parecen Lays al punto de sal de la cantidad de sal inhumana que tienen". No no, qué va. Muchísimo más. He tragado agua en el mar más dulce que este invento del demonio.

Un meme vale más que mil palabras: me encontré esta foto buscando una de Vegemite en la red. Esa cara es la que puse yo al probarlo por primera vez.

Los aussies lo toman para desayunar sirviéndose en una tostada quizá algo de mantequilla con una capa muy finita de Vegemite. Cuando lo probé casi vomito, es totalmente respulsivo. ¿Quién iba a pensar que de algo tan guay como la cerveza saliera algo tan terrorífico? Y sin embargo existe, y la gente lo consume. Hay quien, incluso, toma las tostadas sin mantequilla, poniendo en su lugar una gruesa capa de Vegemite capaz de matar de hipertensión a un ejército de 25 elefantes adultos.

Tengo como objetivo primordial investigar a este efecto y, si eso, filmar un documental de naturaleza con este tema como argumento principal.

7.- Reducir mis amistades.
Sí, todo el mundo quiere ampliarlas, ¿verdad? Pues yo tengo 1.300 en facebook y creo que ya son más que suficientes. Mi objetivo para el 2015 es o reducir el tamaño de esta lista (empezando por los que me mandan solicitudes de juegos y demás mierdas) o, en su lugar, suspender mi cuenta y centrarme en tuiter. Tuiter mola más.

8.- Aclarar el Eterno Debate
Con este nombre es como conocemos El Especialista Jota y yo a la madre de todas nuestras discusiones. Hemos creado normas para solucionar otros problemas, como la del me la pido o la de cambiarnos las llaves antes de salir de fiesta para asegurarnos así que ninguno se iba a casa antes que el otro, aunque eso supusiera volver mucho más tarde de lo deseado y haciendo más eses de las que cualquier ser humano podría imaginar. Sin embargo, con el Eterno Debate se centra en los mayores placeres a los que puede optar un ser humano en esta vida.

Por una parte yo afirmo que en primer lugar está el dormir, seguido de comer, beber y frungir. Por la suya, El Especialista sostiene que hay algo por encima de todas esas cosas y es mear con ganas. Nada se puede comparar a mear con ganas, ya que puede interrumpirte el sueño, la comida, las cervezas e incluso, si realmente tienes ganas, el noble acto del folleteo.

Lo que espero de este año que entra es poder aclarar de una vez por todas cual es la madre de todos estos vicios. Mi instinto me dice que la respuesta la encontraré en un bar, y que grandes filósofos de la historia comenzaron con cuestiones similares. Habrá que verlo.

9.- Comprar una agenda
No solo comprarla, sino también utilizarla. Necesito una agenda sí o sí. Y no estoy hablando de un sitio donde apuntar mis reuniones o contactos profesionales ni de una "chorbiagenda" para mis ligues. Estoy hablando de una agenda que me recuerde todos los días internacionales de importancia supina.

Como en este hemisferio las estaciones meteorológicas van al revés me olvido de ciertas fechas. Por ejemplo, se me pasó completamente celebrar navidad el pasado 18 de julio, o hace poco, el 22 de diciembre: el día mundial del orgasmo mundial por la paz (algo que se merece una entrada propia). Pero sin lugar a dudas lo que más me jodió fue olvidarme de celebrar el día internacional de hablar como un pirata (DIDHCUP) el pasado 19 de septiembre.

Importantísimo no olvidarse, ¡AR!

Solamente hay un día al año en el que es completamente legal y respetable hablar de una forma tan rocambolesca y se me ha pasado por alto por culpa de estas estaciones invertidas. Por ese motivo este último año he obtenido solo un 98% en la escala de brutalidad, una lástima. Mi propósito para el año próximo es celebrar el mayor número posible de días internacionales de.

10.- Actualizar más el blog
Definitivamente me pasan muchas cosas. Este año he publicado, con esta, un total de 21 entradas. Eso es 3 más que en el año anterior, claro que también es que Mombuey dio mucho de sí (y seguirá dando, lo siento). Si estuviera algo más estabilizado podría escribir con más frecuencia, pero como mi vida cambia dramáticamente semana tras semana (viajes de trabajo y esas cosas) es complicado sacar tiempo para escribir historias con este estilo que tiene el blog.

Entre los borradores que tengo hay varias anécdotas inéditas, listados con normas de comportamiento en según que situaciones, algunas teorías matemáticas, más historias de viajes en el tiempo y varias sobre cerveza. De hecho, quizá la más inmediata en ser publicada es una sobre la primera cerveza de abadía elaborada en este continente en el que me encuentro (Australia, esa isla grandota del otro lado del globo). Tiene la peculiaridad de que es una receta que elaboró uno de Tui hace casi 200 años. Si luego no la publico tampoco os enfadéis, que es que aunque no os lo creáis escribir estas chorradas lleva un tiempo y tienen que pasar un filtro...

Por ello, mi propósito para el año siguiente es que las borracheras no decaigan, y con ello mantener las historietas, anécdotas y tonterías que sustentan el estilo de vida absurdo y descabellado que llevo. Creo que voy a empezar por ese de hecho... Voy a ver si alguien me lía para ir al bar.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

Nunca creí necesario explicar que todas las historias que cuento son ficticias, aunque muchas están basadas en hechos reales. Sin embargo, hoy voy a remarcar que en esta hay una cantidad considerable de hipérboles. Lo digo por cubrirme las espaldas: igual no hay ninguna, pero habiendo avisado de que todo es mentira y está exagerado me libro de que aparezca la Interpol por mi casa en Australia y me lleven preso por delitos que "no" cometí. La verdad es que ya tengo bastante con los que sí que cometo... En fin, disfrutad este cuento de navidad e intentad sacarle la moraleja antes de que os la diga yo.

Como toda historia que se precie, ésta también comenzó en un bar. Concretamente en la cervecería Carpe Diem, donde El Especialista Jota y yo acostumbrábamos a ir los viernes, cuando los viernes eran los días de probar una cerveza nueva y los sábados los de cometer un pequeño delito. No sé porqué digo "delito", si más bien debiera decir "gamberrada". Lo más grave que habíamos hecho hasta la fecha había sido robar una señal que decía "Ferralla Lucense" -porque Ferralla era el grupo en el que tocaba y nos pareció una buena idea decorativa para el local de ensayo-, pero al final la devolvimos al cabo de unos días porque estaba hecha a mano, posiblemente con mucho cariño y amor, y claro, nos dio pena.

A ver eh que somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. Y lo de delincuentes no nos lo quita nadie.

Esta historia transcurre el día siguiente a nochebuena, es decir, en Navidad. Eran las siete de la tarde cuando llamé al Especialista Jota.

-Aquí Stuntman Jay.
-Qué pasa Especialista.
-Qué tal tío.
-¿Dónde andas?
-Estoy en casa.
¿Que haces?
-Por favor, soy especialista.
-¿Vienes a tomar una a la carpe?
-Dame cinco minutos.
-Pero si vives a 20 en coche...
-Por favor, soy especialista.

Cuatro minutos y cincuenta segundos después el Especialista Jota me estaba llamando al móvil. Que a ver dónde estaba, que él ya estaba allí. Le dije que aparcando, aunque en realidad estaba cerrando la puerta y saliendo de casa. 

-¿Eso que acabo de escuchar es la puerta de tu casa?
-Eeeeeh... Sí, la verdad es que... Que ya voy, ya voy.

Llegué preocupado por saber qué cerveza se había tomado. Como nuestro plan era descubrir nuevas cervezas juntos, habíamos establecido una serie de normas. Por ejemplo, que cuando fuera "viernes de cerveza" tendríamos que tomar el mismo número de cervezas y por supuesto de la misma marca. Sin embargo, si uno de los dos conducía y por tanto no podía beber, el otro no podía probar cerveza nueva ni aunque fuera la Lord Dark. Además, apuntábamos todas las que probábamos juntos en una libreta de JB que nos había tocado en una fiesta, de la cual no juntamos ni medio recuerdo entre los dos. En esa libreta también había dibujos que habíamos hecho de borrachera rememorando cosas como ligues de estos que, creedme, es mejor que queden en el olvido.

Cuando llegué al bar le pregunté qué cerveza se había tomado. Me dijo que como llegaba tarde había roto nuestro pacto y que había tomado una Bush Scaldis, una birra que en aquel entonces era desconocida para mi. No le pude recriminar nada porque eso era un vacío legal en nuestro acuerdo: yo no estaba allí, por tanto no estábamos juntos para tener que tomarnos la cerveza en compañía. Si bien es cierto, claro, que me pareció bastante mal por su parte. Gustoso me hubiera pedido otra -sobre todo cuando se negó a decirme qué tal estaba y me picó la curiosidad-, pero como tenía que conducir me decanté por un café con leche.

La Carpe Diem, con un montón de cervezas y tapas y raciones caseras riquísimas, se caracteriza también por tener un café excelente. Y claro, era diciembre y era Galicia, calorcete tampoco hacía demasiado. El café entró tan bien como podría haber entrado cualquier cerveza.

-Y qué -dijo él-, ¿qué planes tienes?
-No sé...
-¿Salimos hoy?
-No tronco, traje el coche...
-Bueno carallo, discutamos ese concepto con el fin de discutirlo.

Para el Especialista Jota llevar el coche no es un impedimento porque, según dice, garantiza un techo donde dormir la borrachera, y si aparcas cerca de una zona con cafeterías puedes hacer algo interesante a la mañana siguiente cuando te despiertes de resaca.

Decidí pedirme otro café, pues el primero lo tomé casi como si fuera un chupito. La discusión tenía pinta de tornarse larga, así que llamé a más gente, concretamente a Titi y al señor Tucupá. No puedo hacer mejor presentación de Titi que la que ya hice en mi libro. En cuanto al señor Tucupá, mi mejor amigo y batería del grupo en el que tocaba, he de decir que es alguien totalmente impredecible. Ahí dónde lo veis, tranquilo y apaciguado, está siempre maquinando algo terroríficamente estúpido en su cabeza. Esta es la historia de algo terroríficamente estúpido que sucedió esa noche de navidad.

Parafraseando a Homer: toooooodoooos locos. Parafraseando al Especialista Jota: sin puto sentido.

El señor Tucupá llegó cuando empezaba mi tercer café y decidió tomarse uno él también. Titi llegó cuando yo iba por el quinto y mi amigo por el cuarto, pero decidió acompañar al Especialista Jota pidiéndose una cerveza. Tras mucho discutir sobre los planes para esa noche decidimos, cuando íbamos ya por el séptimo café, decidimos que si salíamos era de tranqui. El Especialista Jota me miró y me hizo un gesto tocando el bolsillo interior de su cazadora. Eso, en nuestro lenguaje sin palabras, significaba "no te preocupes, tengo aquí las gafas de sol". Salir de tranqui tras siete cafés es más difícil aun que salir de tranqui tras siete cervezas.

Entre los cuatro no nos poníamos de acuerdo de hacia dónde deberíamos tirar. Mientras Titi y el Especialista Jota optaban por ir a un bar a seguir tomando cerveza -creo que el Especialista Jota ya llevaba cinco y Titi una o dos- el señor Tucupá y yo defendíamos férreamente la opción de tomar un café con argumentos tan buenos, variados y válidos como "pero café, café, café, café, café, café, café". El Especialista y Titi decían cosas como "ya, pero es que también cerveza eza eza eza eza". Desficimos el entuerto con mucha sabiduría y astucia:

-Vamos a ver -dije yo-... ¿Quién conduce? Porque digo yo que iremos en coche, ¿no? ¿O queréis ir a pie con el frío que hace?

Todos nos miramos. Solamente el señor Tucupá y yo estábamos en condiciones de manejar vehículos o maquinaria pesada, al menos de forma legal.

-Yo tengo el coche en casa, no hay problema -dijo el señor Tucupá-, pero tú lo tienes en el parking y sería bien sacarlo para que no te cobren un dineral.

Todo el mundo estaba de acuerdo, pero entonces surgió otra duda: quitamos el coche del parking, ¿y luego qué?

Yo miré a mi mejor amigo, que llevaba tantos cafés como yo, y comprendimos algo muy importante: hay un lugar en el mundo que es un punto estratégico para todo tipo de desplazamientos, ya sean urbanos o internacionales. Tienen un café excelente (con mucha historia además) y allí se han tomado decisiones del tipo de "¿a dónde vamos?" desde el pleistoceno. Precisamente eso es lo que queríamos solucionar nosotros, como grupúsculo de gentes ansiadas de juerga, saber a dónde íbamos a tomar una de tranqui. La primera parada para decidirlo sería, pues, el área de servicio de Guitiriz.

El área de servicio de Guitiriz no está en Coruña ciudad, está en Guitiriz. Guitiriz no está ni siquiera en el área metropolitana de Coruña, sino que hace frontera con Lugo. Desde la Carpe Diem son unos 40 o 50 kilómetros, pero esa distancia se torna en una nimiedad cuando ya te has tomado siete cafés.

Miré al señor Tucupá para saber si seguía mi juego. Según nos subimos al coche él ocupó el puesto de copiloto mientras los demás preguntaban que a ver a dónde íbamos. Yo no respondí, solo dejé caer que no muy lejos porque apenas tenía gasolina (primera vil mentira). Luego le dije al señor Tucupá que pusiera colgando del parabrisas al muñeco del Fary que guardaba en la guantera, señal inequívoca entre nosotros de que nos aventurábamos en un viaje absurdo que, como no, tendría su primera parada en el área de servicio de Guitiriz. Él me miró con complicidad haciéndose el loco, aunque realmente ya sabía mis planes: tomar el octavo café en Guitiriz.

El viaje hasta Guitiriz se tornó extraño. Por una parte, Titi nos preguntaba constantemente que dónde estábamos. Pude engañarla diciendo que estaba dando una vuelta para no comerme el típico atasco del centro del día de navidad. Cuando ya era demasiado evidente que mentía le dije que me había desviado un poco para echar gasolina, para lo cual no tuvo ninguna objeción. Por su parte, el Especialista Jota dijo que a él le daba igual, con tal de no pasar frío en la calle y estar en casa al día siguiente para comer. Volvió a señalarme el bolsillo de su chupa donde guardaba las gafas de sol. Yo miré al señor Tucupá y soltamos una carcajada, posiblemente por los efectos de la cafeína.

-Mira, por fin una gasolinera -dije-. Vamos a parar aquí, ¿vale, Titi?
-¡Aleluya! Hubieras acabado antes si te hubiera metido por el centro pese al atasco.
-No sé yo... Oye, voy a tomar un café que creo que me está dando el sueño -mentí vilmente una vez más-, ¿vosotros queréis algo?
-Oye, tío -dijo el Especialista-... ¿Dónde estamos?
-Ehm... No sé... Tiré y tiré hasta ver una gasolinera y...
-¿Ahí pone "Estación de servicio de Guitiriz"?

Titi se mostró enfadada.

-¿¿¡¡QUÉ!!?? ¿¿¡¡Estamos en Lugo!!??
-Técnicamente -dije yo- Lugo está a unos 60 km.
-Me refiero a Lugo provincia.
-No mujer, para Lugo provincia aun quedan unos quinientos metros. ¿Café?

Dijo que no, que se quedaba en el coche mandándole un mensaje a un colega para decirle que llegaría tarde porque me despisté un poco y acabamos en Lugo. A día de hoy creo que mi versión de que "todo fue un error" sigue siendo la oficial en su historia. Pobrecilla.

Acabamos ya nuestro octavo café -el cual era doble, así que supongo que podríamos estar hablando ya del noveno- y hablamos los tres colegas de hacia dónde nos dirigíamos realmente, mientras Titi esperaba en el coche resguardándose del frío.

-Yo tengo una petaca llena de Southern -dijo el Especialista-, así que por mi a dónde queráis.
-¿Qué hago, tío? -Preguntó el señor Tucupá-. ¿Guardo el Fary?
-No no no no, de ninguna manera. Seguimos la A-6 hasta que encontremos un sitio guapo.
-Pero un tema... ¿Y si hay nieve? No tienes cadenas.
-Pues damos la vuelta o sobamos en el coche.

Miramos al tercero en discordia.

-Insisto que yo tengo bourbon -dijo el Especialista-. Por mi no va a haber problema mientras no se acabe.
-Entonces son tres votos a favor y una abstinencia... Decidido pues: seguimos.

No lo dije en voz alta, pero el señor Tucupá ya lo sabía y quizá el Especialista Jota lo sospechaba: nuestro nuevo destino era Ponferrada.

Por una vez en la vida decidimos ir hacia la derecha.

-¿Vamos ya para Coruña?
-Sí, vamos ya... Perdona eh Titi, menudo despiste más tonto el mío.
-Tienes que dar la vuelta, ¿no?
-Sí... Eh... Bueno, no... No porque me han dicho que si salgo por allí ya salgo en el otro sentido, hacia Coruña.
-Ah, pues qué bien, así no nos volvemos a perder.

Muy crédula la muchacha. La adoro por ello.

Salí en dirección Madrid, por supuesto, engañando a nuestra amiga. No sospechó nada hasta que pasada una hora y pico llegamos a Pedrafita do Cebreiro, donde vimos nieve en las cunetas.

-Un momento... ¡Aquí hay nieve, y en Coruña no estaba nevando cuando nos fuimos!

La carcajada que soltamos los tres casi provoca un alud. Se nos había olvidado que Titi seguía pensando que estábamos volviendo a casa. Pobrecilla.

-No mujer, sí que había. ¿No te fijaste? Al pasar Curtis ya había algo en las cunetas.
-Ah, pues no, no me fijé...

Claro que este argumento se hizo insostenible cuando llegamos a lo alto de la montaña y ese "algo de nieve en las cunetas" se convirtió en varias máquinas quitanieves, una nevada infernal y, poco más tarde, el puerto de montaña cerrado. Afortunadamente esto último ocurrió cuando ya lo habíamos dejado atrás, con lo que pudimos seguir nuestro camino a Ponferrada.

No fue hasta que el nombre de la ciudad apareció en carteles y señales que Titi se dio cuenta de que en realidad no estábamos en la ciudad de Cristal, si no en la que fue conocida como la ciudad del dolar. O sea, Ponferrada.

-Tío, a ver, que en Coruña no hay señales de Ponferrada...
-Claro que las hay. Tú cuando coges la A-te aparecen las principales ciudades por donde pasa. No solo te pone que vas a Madrid, también te señala Lugo, Ponferrada, Mombuey...
-Yo no lo he visto en la vida. Yo creo que te equivocaste en la salida de Guitiriz y ahora estamos a tomar por culo.
-Bueno, a ver, esa es una opción... Hagamos una cosa, paremos aquí en este pueblo y tomemos una y ya si eso preguntamos, ¿sí?
-Sí por favor, quiero cerveza.
-¿Especialista? ¿Tucupá?
-Cuatro votos a favor -dijo el Especialista-. Paramos en Ponferrada.
-¿Ves cómo era Ponferrada? -acusó Titi.
-No no -dije yo-, eso es la teoría del Especialista, está por ver aun...

Aguantarse la risa costaba mucho.

Aparcamos en Ponferrada en el único sitio que conocía: delante del castillo. Telepáticamente nos preguntamos algo tal que "bueno, ¿y ahora qué?". El señor Tucupá y yo teníamos por costumbre ir a Ponferrada para ver el castillo cuando no teníamos nada que hacer, pero como siempre lo cogíamos cerrado, tomábamos un café y volvíamos a casa. Si se daba el caso de que lo pilláramos abierto tomábamos cafés hasta que cerrara para tener una excusa yasí volver otro día. De hecho una vez decidimos verlo, y ya nunca más volvimos juntos a Ponferrada ex profeso para ver el castillo. Lo bueno es que durante todo ese tiempo habíamos conocido suficientes cafeterías y bares, lo cual resultó muy útil en ese momento en el que estábamos bscando donde tomar nosotros más cafeína y ellos más alcohol. Y es que si hay alguien más respetable que un señor con barba en el bosque es otro que conoce bares allá dónde va.

-Bueno, pues contemplando este castillo templario diría que sí que estamos en Ponferrada, Titi -dije yo.
-Joder, pues ya te vale... ¿Cómo te pudiste perder? A ver ahora qué hacemos...
-No te preocupes -dijo el señor Tucupá, casi por primera vez en toda la noche-: yo conozco un bar aquí.

Yo soy de esos subnormales que va a Lugo y dice cosas como "vale, he aparcado al lado de la Muralla que solo tiene 2 km de largo". Afortunadamente el castillo de Ponferrada es más pequeño.

Pusimos rumbo a un garito con decoración medieval y algo de rock, ska y punk; además de estar decorado con gente muy joven. Éramos los extraños del lugar, lo cual siempre es un aliciente para socializar (entiéndase que cuando hablo de "socializar" estoy, en realidad, hablando de sexo). No conocía Mombuey por aquel entonces, pero gustoso hubiera dicho algo como que éramos un equipo de investigación de Mombuey que estábamos aclimatándonos en Ponferrada antes de nuestro siguiente destino: la Antártida. Seguro que hubiera sonado más creíble que "estábamos tomando un café en Coruña para celebrar el día de Navidad y decidimos tomar la siguiente en Ponferrada". Incluso la versión de Titi, la de que "estábamos tomando un café en Coruña y me perdí buscando una gasolinera" era todavía peor.

Ya nos habían dado las diez y las once, y más tarde las doce y la una, y las dos, y las tres. Visitamos varios garitos antes de que fueran cerrando paulatinamente, en los cuales el señor Tucupá y yo nos habíamos subido al carro de las bebidas energéticas. No sé cuantísima cafeína y azúcar pude tomar esa noche, pero creo que desvirgar mi nariz con un par de tiros de farlopa hubiera sido mucho más sano para mi organismo (aun así no lo hagáis, que para eso inventó Breogán el Licor Café).

En todos los garitos conocíamos a gente que nos llevaban al siguiente bar abierto. Lo que ocurría luego es que conocíamos a alguien con amigas más guapas que la persona anterior  y dejábamos de hacerle caso. Fue un tren de acontecimientos decadentes que parecía que iba a terminar a las 3 de la mañana, cuando todos los bares cerraban. Fue entonces, cuando nos echaron del último garito, cuando me encontré a un viejo colega que había conocido estudiando.

-Hostias, ¡¡Aupa Ponfe!! -le grité. Le llamábamos Ponfe porque era de Ponferrada-.
-¿¿¡¡Qué cojones...!!??
-¿Qué tal, tío?
-Hostia perdona, estoy super borracho y te confundí con un colega con el que estudié en Coruña.
-Eh, tronco... Soy yo, tu colega con el que estudiaste en Coruña.
-¡¡HOSTIA PUTA!!

Pocas expresiones hay más clarividentes que un "hostia puta" a tiempo.

Me preguntó qué hacía por allí en Navidad y bueno, seguí el protocolo establecido: si Titi miraba decía que nos habíamos perdido buscando una gasolinera en Coruña. Si Titi no estaba prestando atención le contaba la verdad, es decir, que no teníamos otro sitio mejor al que ir y que la habíamos engañado, así que era mejor que no dijera nada si ella estaba presente. En este caso Titi estaba escuchando, pues todos estaban espectantes ante tal casualidad y acabé presentándolos unos a otros.

-... Y nada, supongo que ya nos volveremos para Coruña, que son dos horas y media de camino y ya ha cerrado todo...
-De eso nada tronco, ¡¡tú te tomas una conmigo!! Y vosotros también, claro. ¡Por el reencuentro!

Nos miramos todos y decidimos someterlo a votación:

-A ver rapaces, ¿quién está a favor de quedarse?

El señor Tucupá se mostraba titubeante: quizá era por haber tomado demasiada cafeína o quizá por que quería más. El Especialista Jota me hizo un gesto para indicarme que se le había acabado el Southern. Titi ya no sabía qué hacer ni qué decir.

-No sé Ponfe, estamos ya casi por volver...
-Bueno pues nada, os acompaño al coche al menos. ¿Puedes conducir?

Mientras no pongan límite de cafeína, diez cafés y siete latas de bebidas energéticas no es un impedimento para la conducción nocturna sobre nieve y hielo.

Fue entonces cuando lo vi claro: teníamos un problema muy gordo. Tan gordo como una capa nieve y un coche sin cadenas. Estábamos jodidos, y en mi coche solo había un saco de dormir para los cuatro que éramos. Por supuesto, a las 3:30 de la mañana no había ningún sitio donde comprar cadenas o sacos de dormir, así que empecé a preocuparme sin decir nada para no alarmar a mis compañeros.

Vale, no me había dejado el horno encendido, pero casi lo hubiera preferido.

Pasamos por delante del castillo para ir al coche y repentinamente tanto el Especialista Jota como yo sentimos ganas de mear. Esto fue, posiblemente, causado por escuchar el cauce del río bajo nuestros pies. Fue el Especialista Jota el que dijo que quería ir a orinar tras unos contenedores. Yo pensé en aguantarme y así, en caso de encontrarnos con una placa de hielo, podría derretirla y convertirme en el héroe de la noche (estáis subestimando el poder de la orina si es que esto os parece una locura). Tanto mi orina como la del Especialista Jota serían muy útiles para esta ocasión, así que me dispuse a acompañarlo para contarle en secreto mis preocupaciones y convencerle de que no la desperdiciara en un contenedor de material orgánico cualquiera. Era un reto, pues el Especialista estaba bastante borracho tras varias cervezas y una petaca de bourbon.

-Si queréis ir a mear los dos no lo hagáis en la calle -dijo Ponfe-. Hay cámaras ahí y allá que graban todo y en dos minutos tenéis a la policía encima. Mejor id a aquel bar de allá, que es algo pijo pero es a donde todo el mundo va a mear. No hay nadie a estas horas pero no os dicen nada.

Nos pareció razonable, y tras darle las llaves de mi coche al señor Tucupá, para que se metieran dentro y no pasaran frío, acompañé al Especialista y así tratar de convencerle por el camino de que se retractase. No dio resultado en absoluto. Es más, me convenció a mi también para mear con él.

Entramos en el bar vacío saludando a la dueña y nos metimos en un laberíntico baño, al que se accedía por una puerta que daba a un pasillo con otra puerta que daba a un vestíbulo con otras siete puertas. Una era para el baño de hombres, otra para el de las mujeres, una para la cocina y las otras cuatro ponían, simplemente, "privado".

Tras las palabras de Jota que me hicieron ver que mear era lo correcto en ese momento y lugar, lo hice gustosamente, aunque con cierto resentimiento al terminar. Él acabó primero y salió del baño tambaleándose mientras yo continuaba miccionando, disfrutándolo al mismo tiempo que me martirizaba imaginándome atascado en medio del hielo.

De pronto, este momento tan placentero fue interrumpido por un grito del Especialista Jota detrás de la puerta del baño, en el vestíbulo de las siete puertas.

-¡TÍO, TIENES QUE VENIR, CORRE!

Terminé con lo que tenía entre manos y salí de allí sin lavarme las manos, a lo loco. Le pregunté desde la puerta a qué venía tanta prisa.

-Tío, dime que hoy ya es sábado.
-Sí, son las cuatro de la mañana casi. ¿A qué coño viene tant...?
-Vale, no no, vale: es sábado y ya no es navidad, así que toca cometer un delito.

Abrió una de las puertas que ponía privado y se metió dentro, pese a mis gritos de "¿PERO QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO?". Él me mandó callar y mantener las formas, pese a que su grito anterior fue mucho más alto.

Estábamos en un almacén con un montón de objetos propagandísticos y de merchandising. Había de todo, y una vez más el Especialista Jota me convenció de que lo correcto era llevarse algo de publicidad, que para eso lo hacían, para regalar. Nadie pagaría por tener unas bandejas de Chimay en casa, pero si te las regalan pues decoras el bar. Y como siempre que estamos borrachos decimos que tenemos que montar un bar, pues... Vamos, que eso, que me convenció para chorizar esos bienes materiales.

El Especialista Jota cogió una caja de cartón vacía que había por allí y la rellenó con mierdas varias: las ya citadas bandejas de Chimay roja, camisetas de Ron Barceló con escote y un par de toallas de Ron Barceló también. Que porqué una empresa como Ron Barceló decide hacer merchandising con toallas es algo que no alcanzaba a comprender, pero eran tantos sentimientos juntos que ya no sabía qué era lo que tenía que preguntarme. Lo primero era que no nos pillaran.

-Oye Especialista.
-Dime tío.
-¿Cómo cojones vamos a salir de aquí con una caja sin que nos vean?
-Tranqui tío, que soy especialista.
-Pero estás borracho.
-Eso tampoco es mentira. Lo primero es ponernos esas camisetas de Barceló.
-Pero tronco, que son de tía.
-¿Eres sexista?
-No coño, pero soy mucho más grande. Esto debe ser una S.
-Tranquilo hombre, que esto estira, que se diseña pensando en tetas de diferentes tamaños.
-Seguro, yo todo lo que hago es pensando en tetas de diferentes tamaños, pero...
-Hazme caso joder, que soy especialista.

Me dispuse a ponérmela, para lo cual me quité la chupa de cuero y la sudadera.

-¿Qué haces?
-Coño, pues ponerme la camiseta.
-Mira que eres tonto macho. El plan es ponérnosla por encima de todo para parecer trabajadores de Barceló y salir con la caja sin correr ni llamar la atención.
-¿Tú crees que ponerme una camiseta S de chica por encima de la chupa no va a llamar la atención saliendo a las 4 de la mañana de un bar con un tío súper trompa?
-Claro que no va a llamar la atención. Así parecerás más gordo, y nadie desconfía de un repartidor gordo.
-Eso es cierto, pero si te ven borracho y tambaleándote igual la cagamos...
-Por eso tienes que salir tú primero y llevando la caja, que te lo hay que explicar todo. 

Yo no sé cómo hace el Especialista pero es que siempre me convence de todo. Supongo que es porque es especialista.

Una vez logré ponerme es camiseta -que no reventó de milagro- ayudé al especialista Jota con la suya. Entonces vi otra caja cerrada y decidí, sin pensar, dársela al Especialista.

-Tú sal con esta, así disimulamos mucho mejor.
-Joder tío -dijo él-, eres un puto genio. Tira, y recuerda: mucha calma y muchos comentarios de camionero.

No quiero vivir en un mundo en el que no nos fiemos de repartidores gordos el día de navidad.

Salimos del baño en dirección a la puerta para luego acercarnos a donde estaban nuestros colegas, todavía esperándonos. El bar estaba tan vacío ahora como cuando entramos, con una señora entrada en años y cara de pocos amigos que vigilaba desde la barra. Según pasamos por delante de la barra noté que esta mujer nos miraba con un grandísimo enfado. Parecía que se había dado cuenta del hurto, pero estaba tan en shock que no reaccionaba. A decir verdad esto solo fue una teoría momentánea de las muchas que se me pasaron por la cabeza, pero decidí entonces puse en marcha el consejo del Especialista para parecer más natural.

-Pues sí, al final marché de La Chabola y le dije a Eduardo el de Ponteceso que no iba a pagar cuatro mil por un cubata, que yo lo que busco es una gachupina que me pague la gasolina...

Cuando llegamos a la puerta la señora seguía observándonos sin quitarnos ojo de encima. Estaba atónita. Al abrirla, el Especialista Jota se tropezó con una silla. Miró a la señora de marras y se despidió de ella:

-Parece que están vivas, con todo este carallo cualquier día habémonos matar hombre... Bueno, ¡feliz navidad eh! ¡Hasta el año que viene!

Salimos de allí y caminamos a paso ligero, no sin que el Especialista Jota hiciera alguna que otra ese entre varias carcajadas contenidas. Cuando nos habíamos alejado ya unos diez metros de la puerta del bar escuchamos como la puerta se abría de nuevo. Decidimos entonces que no era necesario girarse para saber que teníamos que correr como alma que llevaba el diablo. La señora gritaba al fondo "¡¡EEEEHHH!! ¡¡¡EEEEEEHHHH!!!", pero llegamos al coche antes de que ella se decidiera a abandonar su local.

-¡ARRANCA, ARRANCA! -Le grité al señor Tucupá, quien tenía mis llaves-. ¡SUBID TODOS Y ARRANCA, COJONES!

Ponfe estaba fuera fumando, los demás lo acompañaban. Aun así no dudaron en obedecerme al instante: todos se subieron al coche en un tiempo récord y, cuando finalmente lo hicimos nosotros -con dos cajas cargadas de cosas-, un nuevo y quinto elemento todavía más torcido que los otros dos juntos, Ponfe, se hizo un hueco en la parte trasera pese a sus dos metros quince de altura.

El señor Tucupá condujo hasta un descampado en las afueras del pueblo durante unos diez minutos sin decir una sola palabra. El Especialista Jota y yo lo intentamos, pero entre su borrachera y mi colocón de cafeína, al que había que añadirle un subidón de adrenalina de tres pares de narices, fue imposible. Una vez en el descampado hicimos el cambio de conductor y explicamos más calmadamente todo lo ocurrido.

-Es que a ver... Que nos despistamos un poco, y en lugar de ir al baño acabamos en un almacén con cosas, y...
-¿Y robásteis todo? -preguntó Titi-.
-Es que pensamos que era un self service gratuíto. Cogimos lo que nos hacía falta.

Abrimos la primera caja y nos quitamos las camisetas, aunque no en este orden. Hicimos recuento: cinco camisetas (dos de ellas reventadas) de Ron Barceló y un par de toallas de la misma marca, además de dos bandejas de Chimay Roja. Nos repartimos una camiseta para cada uno, quedándonos nosotros dos las que habíamos reventado al ponérnoslas por encima de toda nuestra ropa. Bonito y absurdo recuerdo. A Ponfe le dimos, además, las toallas. El motivo es que nosotros podíamos ir a Portugal cuando quisiéramos y comprarlas al kilo, que no nos quedaba muy lejos. Las dos bandejas fueron para mi y para el Especialista por motivo de que, además de habérnosla jugado, algún día íbamos a montar un bar.

-Oye tío -dijo el señor Tucupá-, ¿qué hay en la otra caja?
-No sé, la verdad solo la cogimos para disimular y pasar desapercibidos.

Me di cuenta en ese momento, al decir esta frase, de lo subnormales que fuimos, somos y seguiremos siendo. Pero como no teníamos nada que hacer al respecto, decidimos abrirla, espectantes, como si fuera un regalo de navidad. Y vaya si lo fue.

¡¡BIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEN!! ¡¡NAVIDAAAAAAAD!!

Lo primero que vimos fue una botella de JB que le sirvió al Especialista para rellenar su petaca. No era bourbon, pero valía igual. Entonó serios cánticos sobre alcohol y demás y nos ofreció un trago a todos. Titi lo rechazó porque estaba a cervezas, pero tanto el señor Tucupá como Ponfe aceptaron un trago, si bien el del primero apenas fue mojar los labios y el segundo le largó un par de lingotajos bien dados.

A continuación sacamos de la caja un mapa de carreteras de Estrella Galicia. Siendo sinceros, decir que era un mapa de carreteras es demasiado: en realidad era un mapa de España con las seis autovías principales esbozadas y varias autopistas menos importantes. En él estaban marcados varios pueblos y ciudades donde había cervecerías oficiales de Estrella Galicia, con una lista en la parte trasera. Este mapa decidimos dárselo a Titi, por si alguna vez nos volvía a pasar lo mismo y quería avisarnos de nuestro "error" a tiempo.

Después de esto sacamos el segundo elemento más pesado de la noche: unas cadenas de nieve para autobús de propaganda de una cerveza casera llamada cuyo nombre no recuerdo. La cerveza no la he probado, pero las cadenas de nieve para autobús podrían venirnos realmente bien, teniendo en cuenta que aunque lo que llevaba era un fiat punto del 2001 con ruedas algo más pequeñas, el señor Tucupá es mecánico y el Especialista Jota, aun estando trompa, seguía siendo especialista. Seguro que entre los dos eran capaces de hacer un apaño par que sirvieran para un coche. Decidí pues quedármelas, por si las moscas.

Por último, una caja de cartón más pequeña permanecía aun dentro de la caja más grande. Tenía forma alargada y por los colores sospechamos que era lo que más íbamos a celebrar esa noche: una caja de seis latas de una bebida energética que no conocíamos. El señor Tucupá dijo que se las quedaba él y que se las bebería todas de camino esa noche para seguir de fiesta al llegar a Coruña.

Nos despedimos de Ponfe, que dijo que iría andando desde el descampado ese ya que su casa no estaba lejos. A continuación dijimos hasta luego a Ponferrada y arrancamos hacia Coruña -esta vez sí, aunque Titi no se lo creyera-. Lo cierto es que tuvimos suerte de que no hicieran falta las cadenas de rueda de autobús, pues solo tuvimos que esperar diez minutos a que abrieran de nuevo el puerto de montaña que había estado cerrado desde poco después de que lo dejáramos atrás. Más tarde, al pasar el Bierzo, el señor Tucupá tuvo a bien compartir conmigo sus seis latas de bebidas energéticas porque, dijo, "estas fechas son para compartir, y además no quiero ser el único gilipollas que no duerma en tres días".

En navidad, cada uno con sus costumbres. Y el resto del año, también.

Dejé a todo el mundo en sus respectivas casas, no sin antes acordar que todos los años por navidad teníamos que volver a Ponferrada. Lo cierto es que a Ponferrada continuamos yendo durante una temporada para ver el castillo, pero el café de Navidad allí es algo que ya no se volverá a repetir, por lo menos, hasta que vuelva al hemisferio norte. El tomar algo en el bar donde robamos nos surtimos de suvenires gratuitos es algo que tampoco voy a hacer hasta tque el delito prescriba o alguien me diga que "no hay huevos". Me pregunto si Ponfe, del que no tengo noticias desde entonces, volvió a pasar por allí. No sé si sabe que estoy en Australia. Igual se entera y piensa que me vine para aquí escapándome de aquella señora de aquel bar. La verdad es que la curiosidad me puede. El año que viene vuelvo. Ya veremos cómo, pero habrá que aclarar todas estas dudas y tomar una. De tranqui, eso sí.

La moraleja de esta historia, si es que tiene una, es que "los delitos prescriben, pero las buenas historias son para siempre". ¡Felices fiestas!